La visión de Lehi

Nefi, en el principio de su relato, cuenta que “llegaron muchos profetas … profetizando al pueblo que se arrepintiera, o la gran ciudad de Jerusalén sería destruida”(1 Nefi 1:4). Dice que “por tanto”, o sea, por haber escuchado los profetas, “mientras iba por su camino, mi padre Lehi oró al Señor, sí, con todo su corazón, a favor de su pueblo” (1 Nefi 1:5). Lehi, entonces, recibió un mensaje y lo creyó al grado que acudió al Señor y ejerció la caridad. Lehi no parece haber sido una persona con autoridad eclesiástica, ni tampoco uno de los profetas que andaban proclamando el arrepentimiento en aquel momento. Era una persona normal, sin posición en la iglesia. No obstante, el resultado de su fe fue impresionante y cambió su vida.

Y occurió que mientras estaba orando al Señor, apareció ante él, sobre una roca, un pilar de fuego; y fue mucho lo que vio y oyó; y se estremeció y tembló extremadamente por las cosas que vio y oyó. Y sucedió que volvió a su casa en Jerusalén, y se echó sobre su lecho, dominado por el Espíritu y por las cosas que había visto. (1 Nefi 1:6-7).

Tuvo una visión “mientras estaba orando.” No había terminado y el Señor ya vino con una respuesta, con “un pilar de fuego”, o, en otras palabras, una columna de luz. Vio cosas que le preocuparon, y llegó a casa y, agotado por la experiencia, pero lleno del Espíritu, se acostó pensando en lo que había visto. Entonces tuvo otra visión — o, lo que es más probable, se le repitió la visión que había visto, como pasó a José Smith con el ángel que le informó sobre el Libro de Mormón. Entonces, debes considerar que en el sexto versículo hay una gran visión que una persona normal y hasta aquel momento sin gran importancia en el mundo recibió. En el octavo versículo, explica que esa persona normal vio a Dios mismo:

Y dominado de esta manera por el Espíritu, fue arrebatado en una visión, en la que vio abrirse los cielos, y creyó ver a Dios sentado en su trono, rodeado de innumerables concursos de ángeles, en actitud de estar cantando y alabando a su Dios. (1 Nefi 1:8).

Si puede pasar a una persona cualquiera, te puede pasar también a ti. Eso es el mensaje grabado en la vida de José Smith. Eso es el mensaje del Libro de Mormón, ahí desde su primer capítulo. Jeremías el profeta vivía en aquellos días, pero Dios no pensó que dar autoridad a otro quitaría la autoridad del primero. No hay indicación que los profetas antigüos eran celosos con sus revelaciones; mas bien, querían que todos fueran profetas y poseyeran la misma autoridad de compartir lo que hayan recibido. Por ejemplo:

Y habían quedado en el campamento dos hombres, uno llamado Eldad y el otro Medad, sobre los cuales también reposó el espíritu; estaban estos entre los inscritos, pero no habían ido al tabernáculo; y profetizaron en el campamento. Y corrió un joven y dio aviso a Moisés, y dijo: Eldad y Medad profetizan en el campamento. Entonces respondió Josué hijo de Nun, ayudante de Moisés desde su juventud, y dijo: Señor mío Moisés, impídeselo. Y Moisés le respondió: ¿Tienes tú celos por mí? ¡Ojalá que todos los del pueblo de Jehová fuesen profetas, que Jehová pusiera su espíritu sobre ellos! (Números 11:26-29).

El Señor no le quitaba nada a Jeremías cuando dio otra dispensación a Lehi. No es una competencia en que uno se arroga para si la autoridad de ejercer dominio sobre los demás en virtud de su posesión del sacerdocio. Él que desea excluir a los demás, ya ha perdido su sacerdocio (véase Doctrina y Convenios 121:34-37). A todos se les concede la oportunidad de recibir directamente del Señor, y el que se interpone como intermediario es anticristo. Jesús dijo de tales: “¡Ay de vosotros, intérpretes de la ley!, porque habéis quitado la llave de la ciencia; vosotros mismos no entrasteis, y a los que entraban se lo impedisteis.” Ten cuidado de los que afirman tener “llaves” que les permite interponerse entre tú y Dios para que no puedas formar una relación con el Señor sin ellos. Tales personas no entran a “la ciencia” — el conocimiento de Dios — y te impedirán, pero solamente si dejas que lo hagan.

Entonces, regresamos con Lehi:

Y sucedió que vio a Uno que descendía del cielo, y vio que su resplandor era mayor que el del sol al mediodía. Y vio también que lo seguían otros doce, cuyo brillo excedía al de las estrellas del firmamento. Y descendieron y avanzaron por la faz de la tierra; y el primero llegó hasta donde estaba mi padre, y le dio un libro y le mandó que lo leyera. (1 Nefi 1:9-11).

Hay muchísimo en estos versículos. Nefi estaba escribiendo sobre planchas de metal, y tenía recursos limitados. Por lo tanto, puso tanta información en la mínima cantidad de palabras posible. Pero Uno, cuyo resplandor era mayor que el sol, descendía con otros doce, y andaban en la tierra. Eso sugiere que Lehi vio en su visión la vida mortal de Jesucristo y sus apóstoles. Por lo tanto, después “dio testimonio de que las cosas que había visto y oído … manifestaban claramente la venida de un Mesías y también la redención del mundo” (1 Nefi 1:19).

Tú también puedes tener estas experiencias. Por eso están escritas en las escrituras. Seguiremos viendo más adelante los detalles de como podemos seguir el mismo camino y obtener las mismas bendiciones, incluyendo una visita con el Señor, como se nos promete en Doctrina y Convenios 93:1. No hagas caso a las personas que te dirán que aquellas bendiciones son reservadas para líderes religiosos. Son para ti. Ten fe, acércate al Señor, y recibe lo que te ofrece.

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